12 de septiembre de 2009

Sugerencias para bloggers nostálgicos


Naufraga en este mar de soledades desesperadas

gritando y haciendo señas a sordos y ciegos

pidiendo auxilio

reconociendo con amor o con rabia

peligros invisibles

frustrados anhelos


Sin imaginar la forma de salvarte evita correr riesgos

Pues acaso el único problema

la última esperanza

cuelga de las caricias que no están


Deja aquí tu imagen

tu historia

tus necesidades

tu alma

lo que puedas y quieras dar

Igual no importa...

La salvación no existe.


Pero si te atreves...

Si te resta porfía y supones que las palabras son del viento

no atiendas frases desalentadoras como aquellas

ni dejes de buscar en las sombras a ese monstruo fantástico:

tu sueño.


Permite que te domine el valor de volver a creer en la luz

No descartes la aventura de burlar la realidad

ofreciendo sonrisas y palabras de aliento

como única alternativa para redimir ilusiones muertas


Todo puede ocurrir mañana

porque siempre habrá alguien

desolado

extraviado

desengañado

confundido

caminante de una senda diferente

paralela

con quien rescatarás en medio del asombro

tu verdad y el infinito

23 de abril de 2009

Oxímoron oxímoronia


El hombre perfecto se casó con la mujer perfecta. Tuvieron un hijo imperfecto que contrajo enlace con una mujer imperfecta. Éstos engendraron un hijo normal que luego se uniría en matrimonio con una mujer normal. Su hijo nació loco y con la loca de la que se enamoró deliraron un hijo genio. El genio no tuvo el mínimo problema en hallar una genia con la cual casarse, y pronto concibieron un hijo imbécil. Aquél era tan imbécil que sólo por casualidad se topó con una mujer imbécil. Ambos tendrían un hijo imposible que dedicaría su vida en buscar una mujer imposible. Eran tan ancianos cuando se encontraron que apenas pudieron engendrar un dios. Luego vinimos nosotros.

9 de abril de 2009

VUELVO


Vuelvo
Como moribundo viendo amanecer
cual árbol que había perdido la primavera
mas también
como una pesadilla que no cesa

Vuelvo sin norte
y un sur extenso que me expulsa
cuando aferrarme quiero
a lo perdido

Pisando firme vuelvo
pues si hay que andar
que sea con todo

Ya no me aterra la oscuridad
ni los fantasmas que esconde
la realidad bien se ha encargado
de triturar mis miedos

Y vuelvo
estoy volviendo
sin ti
sin lo nuestro
Yo vuelvo.

15 de marzo de 2009

Así en la guerra como en el duelo


Durazo era un tipo fuerte, fuerte de veras. Su piel curtida por el monte parecía a prueba de balas y su alma, sino oscura, bastante fría. Al igual que ustedes, jamás supe si ese era su nombre verdadero; para mí siempre fue “Durazo”, y no se me hubiera ocurrido otra forma de llamarlo.

Aquél atardecer, cuando se lo dijeron, no movió un pelo. Ningún gesto asomó en su cara de piedra y ahí se quedó, estático, como solía hacerlo ante alguna disyuntiva.

Yo estaba recostado a un árbol, con el codo del brazo que sostenía mi mentón apoyado en el rifle. No había oído la conversación que mantuvo con el enviado, y sólo aguardaba que el teniente dispusiera el fin de la jornada. Él se volvió hacia los hombres y ordenó que volvieran al campamento.

Me disponía a hacerlo, satisfecho al suponer que la noticia recién llegada no significaba un nuevo enfrentamiento, pero desde la distancia Durazo me señaló un alto con la mano abierta. El cansancio que traía en el morral se tornó curiosidad y me pregunté qué carajos ocurría, qué problema había conmigo.

Mientras el resto de la patrulla se alejaba él se vino acercando, su paso dejaba un rastro de pachorra y sus ojos miraban sin ver. Sin hablarme siquiera se sentó contra mi árbol.

Así estuvo, tal vez no el tiempo suficiente como para que llegara a impacientarme... hasta que se dijo, pensando en voz alta: –No todo es como la revolución, semejante al horizonte y que nunca llega porque siempre la estás haciendo. Hay cosas como la noche, que nunca dejan de llegar. Durante toda la vida te preparás para esas certezas... y jamás estás listo.

Tenía las manos unidas y planas sobre su vientre y observaba el atardecer, o la vegetación, o lo que esperaba sucediese. –Felipe –dijo luego, y elevó su cara inalterable hacia mí. –Iremos juntos hasta el llano, es peligroso, pero hay que ir o ir. Si volvemos vivos no olvides preguntarme sobre las tres razones que me han llevado a elegirte.

–¡Buenas serán! –contesté. Pero si vuelvo solo... ¿A quién se las pregunto?.

–Entonces tendrás el resto de la vida para descubrirlas –dijo poniéndose de pie.

Pronto estuvimos sobre la marcha, otra noche comiendo al paso y con sigilo extremo entre matas y culebras. Saben de qué hablo, es nuestra vida, no la que quisimos ni la que alguna vez anhelamos... la que en pelos y hambrienta se dio a obligarnos.

Descendimos durante tres horas, luego comenzamos a percibir ladridos raleados de perros atentos y los escasos rumores del caserío. Ya próximos a él Durazo se detuvo. Con suma prudencia balbuceó a mi oído: –Puede ser una trampa, así lo quisiera pues menos dolería... Mucho cuidado y mantente a distancia.

Comencé a seguir su sombra lunera que se iba pegando a cada muro como una lapa y así anduvimos varias casas, de portal en portal.

Se detuvo en una esquina y veía hacia una vivienda cercana. Era la única con la puerta abierta y una luz mortecina se derramaba hacia fuera con desgano.

–Iré primero –susurró –si no ocurre nada y se te canta podés entrar, de lo contrario aquí me esperas. De haber balacera que te trague el monte... y gracias por venir.

Me quedé viendo a Durazo deslizarse hacia la tenue luz que escapaba de la casa y sumergirse en ella. Aguardé unos minutos con la intención de no moverme de ese lugar, pero la curiosidad se adueñó de mis piernas y ellas me llevaron.

La vivienda estaba en silencio y evitar que mis botas delataran mi presencia me hacía avanzar muy despacio. Ignoraba los propósitos del teniente y por nada del mundo quería importunarlos.

Al ver hacia adentro mis ojos se toparon con la silueta de Durazo, a unos cinco metros. Tenía las manos unidas en la espalda y la cabeza baja. Por un instante creí que había sido hecho prisionero, luego avisté el ataúd.

Ya ingresado divisé contra un rincón a una vieja sentada en un sueño. En eso el teniente volvió su habitual rostro impenetrable, como si me hubiese intuido y sin el menor asombro de verme. Me mantuve inmóvil hasta que él se acercó y pasando a mi lado dijo nada más: –Ya vuelvo.

Mientras esperaba deambulé por la habitación y me acerqué al cajón de madera mal cepillado. En él yacía una anciana de rostro curtido por el sol y el polvo, menuda, frágil. Me preguntaba quien sería y cuantos corazones habría roto; también me pregunté por qué inquirir cuestiones vanas. Uno por respeto a sí mismo no debería hacerse preguntas que a otro no haría. ¡No, no se rían, es así!

En eso estuve hasta que reapareció Durazo. Venía algo agitado y miró la hora; luego depositó la flor que había ido a buscar quién sabe donde entre el ramito fláccido que eran las manos de la difunta. En ese momento lo observé y descubrí que por aquella cara de piedra resbalaba una lágrima que era una bala borracha.

–Hubiera preferido que fuese nuestra la tierra que ha de cubrirla. –Dijo. Demoré un momento en comprender que no era a mí a quien hablaba. –Pero le prometo que si yo no se la consigo lo hará mi hijo.

Mucho no pude reparar en eso pues oímos el sonido de un vehículo aproximándose. Durazo me hizo señas de que lo siguiera y pasó a una habitación oscura. Afuera, un motor se apagaba y se encendían algunas voces.

Nos mantuvimos agazapados, sin poder vernos, apenas podíamos apreciar parte de la habitación mal iluminada. La vieja que dormía había despertado y parecía inquieta, se santiguaba de continuo.

–Es un velatorio –dijo la voz de alguien que ingresaba. El hombre llegó hasta el ataúd, vestía uniforme y casi le disparo por reflejo. Por el bullicio exterior saqué la cuenta de que serian cerca de diez y me pregunté qué pasaría si el intruso llegaba a manifestar algún desaire a la finada. Yo no habría dudado en disparar, aunque lleváramos las de perder.

Pero el pendejo se persignó y salió diciendo: –¡Vamos! En este pueblo miserable no hay ni quien llore a los muertos.

Durazo me tomó de la manga cuando ya me disponía a ir por mi destino. –¡Calma! –dijo, y agregó de inmediato con un susurro mordido, amargo: –Después te lo explico. –A veces parecía que hablaba sin mover los labios y entonces sabías porqué lo obedecías.

Dejamos pasar el tiempo, el necesario hasta asegurarnos que se habían marchado. Luego el teniente ordenó: –¡Vamos! –Y nos fuimos. Él salió delante de mí sin volver los ojos a la difunta.

Anduvimos sin tregua los tres: Durazo, yo, y el silencio. Amanecía cuando llegamos al lugar de donde partimos, aun faltaba otro tirón hasta el campamento.

–Descansemos un momento junto a ese árbol –dijo. No parecía cansado pero debía estarlo; yo sí lo estaba y era más joven.

–¿Ahora me lo va a decir? –pregunté. Él comenzaba a armar un cigarrillo.

–¿Qué cosa? –preguntó a su vez.

–Tres buenas razones para ser yo el elegido y no otro.

–¡Ah! Pensé que lo habías olvidado. Entonces hazte fuerte... Sos huérfano, la escena de esa muerte en cualquiera de los otros despertaría recuerdos o temores. No tienes a nadie, si no volvías el dolor no sería ni contagioso ni para compartir. Y la tercera que no temés morir. Suponía que debías tener algo de tonto o mucho de vacío hasta que logré interpretarte. Se trata de vacío, por eso fuiste conmigo. Podría haber ido solo, pero hasta hoy jamás había sentido tanta soledad, jamás lo definitivo me había perturbado tanto.

El sol, aun débil, no conseguía disolver la bruma que escapaba de la vegetación. Durazo encendió su cigarrillo y luego agregó: –Pero hoy noté algo que no sabía, cuando debí detenerte para que no hicieras del adiós a mi madre un baño de sangre. También medité qué haría si alguno de esos la insultaba. ¿Y sabes qué? Yo no moriría inútilmente, me habría mordido el corazón. Porque la forma de vengarla es ir por la victoria, no en vano mantengo mi vida encerrada entre estos cerros...

He recordado muchas veces esa noche ocurrida hace al menos un año, y a nadie la había relatado. La menciono hoy pues ayer mataron a Durazo y ustedes están algo desmoralizados. No he nacido para asistir al entierro de las ilusiones de los hombres que admiro, y en algún momento hay que darle a la vida contenido. Eso me impone la obligación de cumplir la promesa del teniente. Por que él, hijo no ha tenido, y allí estaba yo aquella noche, sin nadie.

Lo haré aunque sea solo. Lo haré aunque vuelvan las lluvias y estemos perdiendo... De lo contrario, para una madre una lágrima es poco.



Félix Acosta Fitipaldi – © 2000 – “Circunstancias Intimas”

http://jolibud.bubok.com

5 de marzo de 2009

Cartas desde Shanghai

Esa niña se llama Nina Font y camina con altanería pues algo le dice que conquistará al mundo. Será luego que vuelva su padre y ella le cuente sus sueños y le pida consejos. Por ahora cada cinco pasos puede elegir ser alguien distinto; al fin y al cabo su madre –y no sólo ella, también su maestra– le han comentado que tiene un futuro auspicioso. Cada vez que lo recuerda Nina se promete buscar el significado de “auspicioso” en el diccionario.
Ahora es azafata y va rumbo al aeropuerto. Está algo preocupada pues el clima no es demasiado bueno en Shanghai y ella desea que allí siempre haya sol. Además de azafata también pertenece al Servicio Secreto y la han acreditado para una importante misión en aquella ciudad. Ella espera encontrar en ese lugar la ayuda desinteresada de un hombre que vive allí desde hace algunos años, al menos casi tantos como los que ella tiene: su padre.
Siempre que regresa de la escuela Nina es alguien distinto. Ayer fue modelo y la gente la adoraba mientras transitaba por la pasarela un pie delante del otro. Por la tarde fue una renombrada modista y sus diseños se vendieron en todo el mundo como pan caliente, aun en Shanghai y otras ciudades más de las que bajan por la redondez del mundo.
Debajo de la túnica escolar llevaba el más hermoso de los vestidos. Su madre se lo había mostrado con una sonrisa de oreja a oreja: –Mira lo que ha enviado tu padre desde Shanghai –había dicho, y de inmediato comenzó a desvestirla para probárselo. Se sintió casi tan contenta como cuando leyó la carta que él le envió para el día de su cumpleaños.
Además de buscar “auspicioso” en el diccionario hay algo que Nina hace tiempo piensa hacer: interrogar a su madre sobre la fecha de regreso de su padre. Ya le preguntó por qué estaba tan lejos; así se enteró que era una persona muy importante a la que razones de trabajo le imponían estar distante de su tan amada familia.
Su madre se ponía muy especial cuando decía "amaba", sus ojos se notaban dulces y parecían sonreír, aunque en el fondo ella les notaba el dejo triste y le decía que ponía cara de helado: dulce y fría. Nina estaba segura que se debía al recuerdo de su lejano esposo y así sería ella cuando fuera doctora, o directora de un hospital de Shanghai, pues ha de ser muy bella esa ciudad...
–¿Mamá, que idioma hablan en Shanghai? –había preguntado, y su madre pareció dudar: –¡El mismo que nosotros! –dijo luego y se fue, se había hecho la noche y debió salir a trabajar. Su madre era la más bonita y eficiente doctora del Sanatorio Local; si las doctoras de turno el día que atendieron a Nina de su dolor de garganta no la reconocieron fue debido a que ella trabaja en el turno nocturno. Además su madre había nombrado el medicamento que le recetaron y estuvo muy de acuerdo con sus colegas.
Nina pudo verse en muchas actividades disímiles con el paso del tiempo. Mientras abandonaba la niñez sus sueños dejaron de dirigirse a Shanghai. En realidad ahora le fastidiaba ese lugar: allí había alguien que en catorce años no había venido a verla. En algo sí la consolaba que le contestaba todas sus cartas... bueno, las dos que echó ella personalmente al buzón no, pero su madre dudó que Nina hubiera puesto las estampillas adecuadas para que lleguen a destino y ¿por qué no se las dio a ella, acaso tenía algo que esconderle?
Su madre está más triste ahora y cuando dice "amaba" sus ojos ya no son tiernos, no son ni siquiera de helado. Se la nota fastidiada cuando ella dice algo sobre su padre. A lo mejor es algo relacionado con esa conversación que ella oyó, entre su madre y la doctora compañera suya que un día vino a buscarla más temprano para una operación de urgencia.
–No sé que haré cuando ya no pueda ir al Shanghai! –había dicho su madre, y la otra la tomó de un brazo: –¡Entonces se verá, ahora vamos! –y salieron como disgustadas. Nina pensó que su madre siempre había querido ir a Shanghai a ver a su padre y temía que la vida se le fuera antes. ¿Por qué? Ella era doctora, de seguro sabía lo mal que se encontraba... Lloró esa noche y se durmió más tarde y más sola que su madre.
Un atardecer Nina decidió que iría al sanatorio. Le daría a su mamá la sorpresa de una visita. De seguro sus compañeras la dejarían entrar apenas dijera de quien era hija. Comenzó a vestirse como lo haría una princesa pues ella casi lo era y... ¿Saldría sola por la noche una princesa?
Así que sucedió algunos días después, cuando tomó fuerza la idea. El plan era seguir a su madre pues tenía entendido que ella caminaba hasta el sanatorio: –¿Recuerdas cuando te llevé? Caminé contigo en brazos... –pero cuando le decía: –Dime cómo ir, a ver si recuerdo... –ella cambiaba de conversación, cosa sencilla pues bastaba que se decidiera a comentarle algún recuerdo sobre su padre.
“Nos conocimos una noche, apareció de entre las sombras con un traje café y la mirada trasparente, de bruma, de misterio... La primera vez que lo vi en una plaza al atardecer. Era verano y tenía una camisa ajustada que dejaba en evidencia su fortaleza... Él me habló una tarde en la calle, jamás lo había visto pero su voz tenía la experiencia de un sabio y su mirada la inocencia de un niño... Por eso me enamoré cuando él ni siquiera me conocía, de verlo ayudar a su madre y sacar adelante aquel hogar luego de que el padre los abandonara... Fue en un banco, él había ido a depositar parte de su mísera fortuna y yo, que aun no era doctora trabajaba de cajera... Nos fuimos a vivir juntos a un pueblito del mediterráneo...”
Nina salió entonces un atardecer tras su madre escondiéndose detrás de cada árbol. Le extrañó que tomara el rumbo hacia el puerto, la parte de la ciudad que su madre siempre decía ser la peor y que jamás debía ir hacia allí. Como no conocía demasiado la ciudad Nina llevaba una libreta donde para no perderse anotaba: derecha uno, izquierda seis...
Cuando vio que su madre entraba en un local se detuvo. Derecha tres, anotó. Caminó los pasos que le faltaban y en el mismo momento que se detiene ante la puerta se encendieron las marquesinas, una música suave surgió desde adentro y Nina corrió a esconderse.
De seguro su madre había ido allí por algo, quizás a atender algún enfermo, y luego volvería al sanatorio... Esperó un rato, agazapada tras un buzón y desde allí vio el nombre: Club “Shanghai" – Mujeres y show.
Una hora más tarde Nina decidió dejar de esperar. Izquierda seis, derecha uno, lágrimas diez. Tampoco pudo dormir esa noche. Pero se decía que esa niña es Nina, camina de ese modo pues su padre es alguien muy importante, es la mano derecha de un príncipe que cuando sea mayor enviará a buscarla para desposarse con ella. Y su madre no tendrá atuendo de doctora pero tampoco tendrá pintada la cara y ellos se mirarán perdonándose y Nina también.
Finalmente los sueños muertos germinan sueños nuevos. Nina se observa en el espejo, se ajusta los jeans y se ha puesto carmín. Para cuando llegue el momento de conquistar su príncipe ha de estar preparada. Se entrena muy bien con cuanto don Juan mozalbete le mira el andar y pone en practica sus estrategias.
El día libre de su madre le mostró el sobre que había preparado. Estaba seria y chispeante de nervios: –Carta de Shanghai –le dijo –Su voz cargaba la congoja de un arcón apolillado y su pesadumbre sirvió a sus propósitos: –Nos comunican que papá ha muerto.
Los ojos de su madre parecieron agrandarse y luego de estar más amplios que nunca se cerraron con fuerza apretando una lágrima. –Mi mujercita... –musitó. Luego le dio un abrazo fuerte, nuevo, de adultos. Nina mantuvo silencio un instante y luego dijo: –Me gustaría que fuésemos algún día.
–¿Adonde? –dijo su madre, mientras deslizaba tres dedos sobre su mejilla húmeda.
–¡A Shanghai! El verdadero... ¿Dónde más?
Una brisa fresca palpitó en las cortinas y cuando el ruido de la calle volvió a estar presente ambas rieron y volvieron a enlazarse.

2 de marzo de 2009

Leviatán


Ante el creciente crujir de la hojarasca temí que apareciera un oso enorme, un animal terrible y famélico que las sombras del bosque hubieran ocultado con su sol en retazos y ahora, despierto su apetito, avanzara en mi dirección alertado por su olfato.

Sonreí al ver pasar a mi lado una patética liebre en frenética carrera y hasta acepté, avergonzándome de mi blandura, que fuera ella quien me había sobresaltado.

Enseguida, cual desorientada flecha y sin percibir siquiera mi presencia, desfiló junto a mí un relámpago con piel de zorro que se perdió entre los disimulados recovecos del follaje.

Palpitando bajo mi camisa volvió a poseerme el temor. Respiré hondo y aferré el arma con firmeza, levanté la frente y agucé la vista.

La brisa me permitió advertir el aliento del monstruo y casi sin que lo notara su lengua ardiente me sobrevoló. Ante mis ojos se desplegó la infernal visión de sus dedos amorfos estirándose a rasguñar mi rostro y lacerar mi carne.

Su altura comenzó a oscurecer la tarde y tuve la seguridad de que los propios árboles temían. Por evitar que sus brazos me rodearan corrí, salté, rodé pendiente abajo quejándome como un guijarro.

Al estar seguro de no correr peligro, exhausto, me detuve. Aterrado y magullado pero a salvo contemplé su marcha destructiva desde el borde del lago. Jamás olvidaré aquellos tentáculos flameantes tomando prisionera la colina.

Desperté al amanecer, una llovizna triste picoteaba la arena. Donde antes prosperaba un mundo verde el monstruo había dejado olvidada su capa: sólo quedaban del bosque brunas y humeantes espinas.

24 de febrero de 2009

ROMANCE DEL JILGUERO SALTARÍN


Soy apenas un hombre sándwich, pero gran amigo del famoso Jilguero saltarín. Mientras recorro la plaza encerrado en medio de los carteles de la funeraria “Yajué” observo de reojo a la gente que acude a observar esa rareza de hombre pájaro único en el mundo. Y lo admiro.

¡Loco! dicen unos. ¡Excéntrico! claman otros, y algunos más le preguntan: –¿Qué se siente ser un jilguero saltarín? –Entonces él suele contestar, pletórico de orgullo: –¡Oh, es maravilloso! Es lo que siempre he soñado. No he tenido mayor anhelo en mi vida que ser un jilguero saltarín.

Algunas personas van más allá: –¿Qué lo llevó a ser un jilguero saltarín? –Y él reitera las respuestas que siempre ha dado ante semejantes preguntas, no le es difícil pues lleva cierto tiempo siendo el Jilguero saltarín.

Conozco bien su estilo, el tono de voz que modula para mantener el interés, tomándose la delicadeza de simular honda meditación tras lo cual sonríe y miente: –Siempre quise ser ave, desde niño. Me dolía no poder acompañarlas a sobrevolar los tejados del barrio. De ellas la que más me atraía era el jilguero y aquí estoy, pude hacerlo. ¡Si en la vida todo mundo pudiera cumplir sus sueños otro gallo cantaría!

A veces, cuando un crío se aproxima de la mano de un padre arrogante se toma lo que denomina “pequeñas venganzas”. Mira embelesado a la criatura y le pregunta: –¿Y a ti, no te agradaría ser un jilguero saltarín? –Se esfuerza tanto en demostrar lo maravilloso de serlo que un brillo de ilusión cruza por los ojos de las criaturas... y un destello mixturado de odio y miedo resplandece en la mirada de sus padres.

Entonces, antes de que ellos logren darles una explicación que justifique una negativa dice al niño: –¡No! No tendría ninguna gracia que el mundo estuviera re-pleeeee-to de jilgueros saltarines… –Y asomando su mano de entre las plumas acaricia con ternura la cabeza del niño: –Creo que mucho más te gustaría ser arquitecto ¿A qué sí? Alguien debe construir hermosos edificios... ¿O acaso quieres ser piloto de avión? Serías algo así como mi primo lejano... –Vuelve a sonreír, mira hacia otro lado para darles a entender que ha terminado la magia, que deben alejarse, y aguarda el sonido de alguna moneda cayendo al pañuelo.

A veces, cuando algunos jóvenes fuman pasta base y se abandonan al sopor como bolsas de papas podridas, la gente viene menos y él pierde su buen humor. No es raro entonces que conteste de malos modos si algún niño cargoso lo persigue: –¡Vamos niño, deja en paz esas plumas! ¡Fuera marrano!

Sí, en ocasiones los pequeñuelos son crueles. Por eso odia a los que portan hondas o tirachinas y persiguen a las pequeñas aves y a él, blanco indefenso. Lo comprendo muy bien, a mis carteles les ha tocado... y a mí, cuando uno falló su tiro al letrero para acertar en la cabeza del hombre sándwich.

Por fortuna su plumaje le esconde las piernas y de ser necesario no tiene recato en darles un disimulado pisotón accidental, aunque luego de hacerlo no pueda fingir congoja y se limite a decir: –¡Oh, lo siento! Lo siento, lo siento… –mientras da pequeños saltos alejándose del padre, precaución que toma desde que uno de ellos dejó dolorida su mandíbula durante una semana.

Eso de los brincos ha sido la alternativa que se le ocurrió ante la imposibilidad de volar, ni siquiera sabe si los jilgueros dan pequeños saltitos como los gorriones. Por supuesto que jamás ha visto uno, y menos en su infancia... No le pareció atractivo transformarse en un gorrión saltarín y la enciclopedia en donde vio la figura de un jilguero no decía si dan saltos.

Su familia ha sido un problema. Aunque asegure que sólo le importa la felicidad de su hijo la madre de mi amigo es injusta con él, le ha dicho que de haber querido tener un pájaro habría puesto un huevo. Además sugirió que al menos hubiera sido hornero, para tener su propio techo y dejar de ampararse bajo sus alas de una vez por todas.

Como si no fuese suficiente la mujer repartió algún picotazo hacia el viejo diciéndo: –¡Para avechucho bastante he tenido con tu padre! Pero mi amigo no ha podido confirmar sus afirmaciones pues el susodicho abandonó el nido siendo él un polluelo.

Cierto día los de la TV le hicieron una entrevista casual y comenzó su farsa. Estuve presente, pero con carteles de juguetería “Guillotina Free”, las cámaras me tomaron un instante y me vi en la tele del bar.

Afirmó que estaba pensando en ir modificando poco a poco su disfraz y hacerse verdaderos implantes de plumas pues anhelaba ser un genuino jilguero saltarín.

Criadores de faisanes donaron hermosas plumas y aparecieron ante cámaras con ufanas sonrisas ofreciendo sus deliciosas carnes; también los de palomas mensajeras, avestruces y propietarios de un centenar de pollerías. No tardó en ofrecerse un médico, pretendiendo promocionar su clínica de implantes “Senos voluminosos”. Fue él quien cubrió las espaldas de mi amigo con un regio plumaje.

Un fabricante de tablas de surf de fibra de vidrio realizó la venta de su vida luego de inventarle el pico, promoción que a mi amigo le garantizó buen alpiste durante toda una temporada.

Lo cierto es que de a poco comenzó a verse como un verdadero jilguero saltarín y apareció con gran éxito en varios programas de Ripley´s a medida que se transformaba: –¿Han sido dolorosas las aplicaciones? ¿Tiene en mente conseguir una jilguera? ¿Cuál es el próximo paso en su transformación de hombre a pájaro?

Hasta lo llevaron a dar una recorrida en helicóptero para que se sintiera en el aire. Me contó con rostro de asfixiado que no la pasó muy bien. En los cielos, lugar que debiera ser su hábitat natural, descubrió que padece de vértigo. Fingir felicidad en esos momentos le resultó difícil, pero las tomas fueron bien editadas y su calvario pasó desapercibido.

Suele ocurrir que se cruce con seres crueles que al dirigirse a él lo hacen con jactancia: –Jilguero... ¿No serás en realidad un ave de mal aguero? –O pletóricos de autosuficiencia: –¿Nadie te ha dicho que quienes saltan son los canguros?

¡Imbéciles! Ante ellos, los humoristas vanos que presumen inteligencia y se burlan, su pecho se yergue, su frente se levanta y sonríe con petulancia fingiendo no oír, luego se aleja hacia atrás a los saltos sin dejar de dirigir su rostro hacia ellos exclamando: –¡Un gusarapo! ¡Una oruga! ¡Un gusano! –Finalmente, ya alejado, grita a toda voz: –¡No todas las orugas se convierten en mariposas, bastardo!

Cuenta con muy pocos placeres, uno de ellos es alisar sus plumas al atardecer y entonar acordes tristes que salen de su pico como derivando de un embudo. No siempre puede hacerlo, a veces es tarde y aun lo rodea gente curiosa con afan de divertirse con la rareza que encarna.

A esa hora ya no estoy, mi horario termina a las seis, pero me ha dicho que cuando al fin los curiosos se alejan puede desinflarse, que entonces permite al agobio posarse sobre sus hombros y que lo arrastre al fondo de su miseria... Eso en realidad no lo entiendo, además dice dudar en la conveniencia de haber elegido ese camino que ya quisiera yo.

He sabido que ha tenido el consuelo de una mujer, la conozco... Es menuda, lenta y algo torpe, pero lo suficientemente bonita como para que atraiga las miradas masculinas. Vendía algodón de azúcar junto a un pequeño carromato rojo con toldo a rayas blancas. Mi amigo se enteró que ella le enviaba clientes y comenzó a promocionar sus golosinas.

Temí por mi trabajo, alguien podría suponer que sus anuncios funcionan mejor que los del hombre sándwich. De todos modos continué admirándolo y para mi tranquilidad, nada cambió.

Con melancolía mil veces me ha relatado que siempre se veían desde lejos hasta que notó que de a poco se le venía acercando. Ocurrió al caer la noche, hace un par de semanas, él dio un saltito hacia ella, que detuvo su carro de dulces y sonriendo se sentó a su lado a conversar. Con ojos húmedos él me dijo que su voz era tenue, y por eso casi no entendió cuando le pidió para recostarse contra la suavidad de sus plumas. Luego se quedó allí dormida y él decidió permanecer en la plaza un poco más para no importunarla.

La forma de dormir de la dulcera era apacible, cálida, lo llenaba de paz y de ilusiones de nidos y pichones. Aunque no los he visto muy sencillo me ha sido imaginarlos sosteniéndose mutuamente. Los suspiros de la mujer, semejantes a tenues gorjeos, emitían una sensación de tristeza que parecía reflejo de la de mi amigo y de la mía... así él me lo dijo y ha de ser sin lugar a dudas.

Me complacía escucharlo decir que mientras estaba despierto acariciaba sus cabellos al ritmo de la brisa, pero me dolía cuando afirmaba que en esos momentos sentía inmensos deseos de volver a ser hombre.

Todo culminó una noche, luego de que dormitaran recostados uno al otro en lo que se había transformado en costumbre. Ella despertó vivaz y su locuacidad inquietó a Jilguero. Parecía otra, hablaba con mayor confianza, sonriéndole como si ante un dios estuviese o por lo menos se conocieran de toda la vida.

Mi amigo se sintió estimulado, alegre, y hasta se separó unos centímetros de ella para dar unos saltitos de júbilo. Ella lo abrazó, reteniendo su exultación entre sus brazos menudos y le dijo: –Son hermosas tus alas, suaves, inmensas... ¡Llévame a conocer la ciudad desde las alturas!

–¡Imposible! –contestó él de inmediato, bajando la vista avergonzado –No sé volar, no puedo hacerlo. Padezco de vértigo...

Dijo que al notar la expresión de su rostro detuvo sus palabras, ella se había vuelto dura, airada, como si otra persona le saliera de adentro.

–Entiendo –dijo entonces –Y ese es el problema... pero no es tu culpa. Me confundió tu apariencia, creí que volabas. A mí sólo me agradan los hombres que pueden volar.

Se apartó dirigiéndose a su carromato de dulces y sin volverse atrás lo empujó hasta irse para siempre de la plaza. Desde entonces Jilguero mira el cielo con frecuencia, dice que tanto le importa la felicidad de esa mujer que espera verla volar un día.

Pese a eso no le he contado –y eso me pesa– que la dulcera estuvo una tarde. Él no la vio, brincaba distraído en medio de un corrillo infantil. En esa ocasión ella me confesó que al fin había hallado un hombre que sabía volar, y me mostró sus pasajes de avión hacia Milán.

Anoche la curiosidad me llevó a pasar por la plaza y allí estaba él, sentado en el banco donde dormitaba junto a su dulcera voladora. Sin ser visto volví sobre mis pasos, y tampoco yo pude dormir.

Félix Acosta Fitipaldi 2006

© Circunstancias íntimas

22 de febrero de 2009

Si no es pedir demasiado...


hoy he de dirigirme a quienes han disfrutado mis escritos y a quienes han llegado recién ahora y, luego de leer alguno de los relatos y los poemas existentes, consideran que valen la pena.

Soy un Integrante más de la gran comunidad de personas que aman las letras y las artes y de alguna forma desean darlas aconocer, no por suponerlas especiales o meritorias, sino por haber puesto en ellas todo nuestro esfuerzo.

Es así que me he anotado al concurso internacional Talent Seekers y me gustaría pediros vuestro apoyo. Quien estè dispuesto a ayudarme sólo tiene que emitir un voto desde el siguiente enlace:

http://www.talentseekers.net/votar.php?aut=117

Antes de admitir el voto se solicita el registro, aportando nombre de usuario y dirección de correo. De inmediato recibirán un email para verificar que efectivamente la cuenta de correo es autèntica. Esto lo hacen para evitar el fraude en las votaciones. Si no lo has recibido en unos minutos, comprueba por favor en tu carpeta de correo no deseado.

TALENT SEEKERS está confeccionando un jurado internacional de profesionales de todos los sectores creativos, principalmente empresas destacadas del sector (discográficas, editoriales, revistas, galerías de arte, etc.). Sin embargo, dicho jurado sólo evaluará a los 100 autores/artistas que el público hubiera elegido a lo largo del 2009 en cada una de las 10 categorías de las que consta el concurso. De ahí la importancia de tu voto. La evaluación del jurado no tendrá lugar hasta enero de 2010 y los ganadores obtendrán una campaña publicitaria a nivel mundial, además de otros premios aportados por diversos patrocinadores. También se sortearán premios entre todos los usuarios de Talent Seekers que hubieran participado en las votaciones.

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Un afectuoso saludo
Félix Acosta Fitipaldi

10 de febrero de 2009

Y hallé una voz

Busco los tiernos momentos que he dejado en el pasado
aquellos ecos gastados, la ternura, la ansiedad...

Busco la huella inicial, el instante quebradizo,
el feliz remoto hechizo que una vez pude palpar.

La seda de su humedad, su transparente sonrisa
su figura en mi camisa, la levedad de su andar.

Busco y no puedo encontrar los vuelos de aquel vestido.
Busco el beso, sus latidos, busco una rosa y un chal.

Busco una luna y un mar y encuentro sólo una sombra,
un lamento que la nombra
que la nombra
que la nombra...

Y es mi voz, para mi mal.




Del poemario “Amor desamorado” © 1998

28 de enero de 2009

¿REGRESO?



Durante el día el teléfono sonó decenas de veces y las voces de los clientes pulularon, algunas con amabilidad y otras... bueno, al fin y al cabo son clientes y el deber de Diana es tener siempre buen trato con todos.

Lo trascendental es que detrás de cinco de esos timbrazos estuvo él, patético y conciliador. Excusas, disculpas, promesas y esa pregunta que le sonaba irónica: ¿Estos tres años no significaron nada para vos?

¡Justamente él venía a decirlo! Como anticipando las que deberían ser las palabras de ella misma, intuyéndola y dejándola con las frases en la boca.

En realidad de vivir bajo el mismo techo fueron dos años, de los cuales hubo un primer día que representaba el inicio del futuro de Diana, o al menos así lo creyó ella al abrir por primera vez la puerta del departamento casi vacío.

Durante el segundo llamado de Federico el ordenanza que había venido por Ordenes de Trabajo se había recostado contra la caja registradora, y para evitar que le oyera la conversación Diana se mordió para no retrucarle a su pareja muchas cosas. Más tarde, durante la quinta llamada, había comenzado a desahogarse y Ernesto, el jefe, habiendo visto sus mohines desde su oficina se acercó algo alarmado y preguntó:

-¿Algún problema, Diana?

Se vio obligada a decirle que era algo personal y sin importancia. ¡Que vergüenza! Eso no debería interferir con su trabajo. Especialmente ahora que tendría que manejarse sola. Hacía una semana había llevado sus más necesarias pertenencias a lo de su hermana. Sabía que a ella no la molestaba demasiado, pero de todas formas pretendía que su traslado transitorio no se tornara definitivo.

¿Tanto le costaba aceptar casarse? ¿No decía que la amaba? Ya tenía treinta y cinco años -sería una anciana en el antiguo Egipto- no podía arriesgarse a que uno de esos días malos que Federico estaba teniendo con demasiada frecuencia la abandonara por una mujer más joven dejándola sola. Si le ocurría a los cuarenta o cuarenta y cinco... ¿Qué haría? Ahora todavía tenía fuerzas y ánimo para iniciar una nueva relación y ponerle entusiasmo.

Hacía escasos minutos se había despedido de sus compañeros de la imprenta Octubre y en lugar de ir a casa de su hermana prefirió caminar. Las calles todavía estaban húmedas de la lluvia de la tarde y una brisa fresca las barría de sur a norte. Los coches cortaban los reflejos de neón caídos sobre la calzada como flechas silbantes. Los peatones se cuidaban de las salpicaduras, se apresuraban a subir a los ómnibus o esperaban taxis mirando de vez en cuando el cielo temiendo el regreso de la lluvia. Un trueno retumbó sobre los edificios y la luz de un relámpago se confundió con la de los luminosos.

Diana caminó lentamente hasta detenerse ante un semáforo. La luz roja de la acera de enfrente se deslizaba desde allí hasta sus pies. Cayeron algunas gotas que le hicieron pensar en marcharse pronto. Sin embargo se quedó de pie en ese lugar, dejando que las menudas gotas de lluvia se sumergieran en su cabello sin decidirse aun a desplegar su paraguas.

Cambió la luz una y otra vez y cesaron las gotas, pero ella no se movió. No volvería más junto a él. No había sido fácil tomar la determinación. Lo quería... ¿O no lo quería? Necesitar ¿es querer? ¿Podía prescindir de su voz, sus gestos, su cariño? Lo quería. Le costaba evaluar cuanto, pero lo quería. Deseaba tener un hijo suyo, o dos, o los que fueran: forjar una familia. Una familia de las de antes, de esas que duraban. Así como hasta ahora no podía ser, se caía su castillo celeste apenas con el peso de sus ilusiones. Debía pisar terreno firme aunque el cielo quedara allá lejos, más arriba de los pájaros y las nubes.

El no hablaba de eso y si ella lo hacía le cambiaba el tema o le decía cosas como: ¿Que apuro hay? -o si no -Sí, pero más adelante -Diana suponía que ya lo había intentado todo y nada quedaba por hacer o decir.

El viento paseó ante sus ojos una hoja de papel y luego otra, y otras... Se dijo que no debería haber hojas de papel volando, que deberían estar húmedas y adheridas al asfalto de las calles o tapizando las baldosas de la acera. Sin embargo, continuaban pasando como las ovejas que cuentan para dormir los personajes de los dibujos animados. Esperó que alguna cayera cerca de sus pies y cuando esto ocurrió la levantó creyendo que eran volantes. Pero no, eran páginas de algún deshojado libro de bolsillo, de edición económica. Sobre la izquierda, arriba, leyó: "Tapera cromática", cayendo al centro y al pie Pág.52 y por allí cerca una frase perdida: "Un amigo es alguien en quien pensar para sonreír". La devolvió al viento sin interesarse en el contenido y así como dejaba su mano libre, otra hoja llegó y se acunó entre sus dedos. El papel era distinto, con renglones, y estaba manuscrito.

"Eloísa" -decía -"Esta carta lleva la impronta de la muerte. Cabalgo la locura y su galope acompasa mis deseos. Ni potro desbocado me lleva donde quiere, y sin embargo va en el sentido que yo ordeno. No reniego de las horas que murieron porque ellas me dejaron ver la gloria. Ni te culpo, mi amor, de que ahora esté cayendo en el infierno. Como están estas letras en tus manos, las suaves y tiernas que venero; en este mismo instante, en estas manos, en estas mías que de tu piel supieron, gota a gota colmando mi vida, cianuro traeré mi vuelo. Te veré mi luz en otra parte. Te esperaré, mi aire, eternamente. Tu volverás hartada de la vida a encontrarte conmigo tras la muerte. Siempre tuyo, Flavio del Río"

Diana tembló durante toda la lectura y al culminarla un nudo en su garganta la hizo carraspear.

-¿Se siente bien, jovencita? -le preguntó una anciana de impermeable amarillo que pasó junto a ella llegada de la bruma. -¡Sí, gracias! -contestó intentando una sonrisa. Respiró hondo y ya más repuesta leyó la fecha de la esquela: "Montevideo, enero 9 de 1937".

Realizó los mismos movimientos que había hecho para devolverle al viento la primer hoja de papel que aferrara y sin embargo su mano se escabulló en su bolsillo junto con la carta.

Palomas de papel continuaron apareciendo, raleadas, con algo más deprisa porque las calles comenzaban a secarse y una de ellas, como jugueteando con Diana y el viento, se elevó a su lado, hizo un giro, cayó unos centímetros y se arrinconó junto a su chaqueta a la altura de sus senos. Ella la apretó un momento contra su pecho y cuando se calmó un tanto la ráfaga, la llevó ante sus ojos.

Se trataba de un recorte de diario, breve, donde era visible la fecha: "Enero 11 de 1937", una fotografía y un par de frases. Debajo de la foto de un hombre de unos veinte años Diana leyó: "En la víspera dejó de existir el notorio músico Flavio del Río. Aun no están determinadas las causas de su deceso pero todo parece indicar que se debió a un paro cardíaco."

Diana arrojó el recorte como si le hubiera quemado los dedos. ¿Por qué? -preguntó- ¿Cuántas hojas y páginas pasaron junto a mí? ¿Cuántas vidas anónimas me cruzo a diario por la ciudad sin verles el alma? ¿Por qué me entero de ese drama? ¿Acaso juega conmigo el destino?

-Tengo que entender... -balbuceó, e intentó imaginar al destino, viejo y con muchos brazos, en la encrucijada de los mil caminos tratando de ordenar el tránsito y aceptando a regañadientes las dispares decisiones de los caminantes.

Miró hacia el lugar donde nacían los vientos esa noche. Al lugar desde donde el devenir tiraba los naipes hasta su entorno húmedo. Sintió frío y comprobó con él que estaba despierta. No sólo eso, también sentía angustia y miedo.

Hasta ahora no lo había sabido y por eso caminó contra el viento. Antes creía que lo mejor era huir del miedo sin mirar hacia atrás. Ahora sabía que iba a vencerlo porque se sentía sin nada que perder. Anduvo unos cien metros. La calle estaba quedando desolada y silenciosa. Desde una de las ventanas superiores de una vieja casa de dos plantas alguien arrojaba libros y papeles a un ropavejero, quien desde la acera intentaba atraparlos y echarlos a su carro de mano. Algunos trozos de papel continuaron pasando junto a Diana.

Se detuvo a observar la acción unos instantes. En la fachada de la casa, sobre la puerta de dos hojas se leía "Pensión Cora". La distrajo el grito del hombre de la ventana cuando dijo al otro: -¡Ta! ¡No tengo más nada para vos!

Habiendo dicho aquello el hombre cerró los postigos y el otro comenzó a juntar algunos restos de libros viejos que aun yacían sobre las baldosas. La muchacha se quedó mirándolo distraída sin atinar a irse todavía, hasta que una melodía triste tocada en guitarra comenzó a brotar de las descascaradas paredes de la vieja pensión.

-Es para mí -se dijo la joven -para mi tristeza... La tarde fue para mí, el viento lo fue, lo fue la carta y lo es la guitarra... Eloísa. Apostaría que aquí vive ella y esos trastos inútiles son sus recuerdos que la abandonan.

Con paso firme abrió una de las puertas y entró provocando que el campanilleo típico de esos lugares arruinara los acordes de la guitarra. Una mujer madura permanecía detrás de un pequeño mostrador deslucido y se volvió a verla entrar. Mientras, en alguna parte del edificio alguien continuaba impasible con su lánguida melodía.

Diana se acercó a la mujer y preguntó: -¿Eloísa?

La otra, pintada hasta el hartazgo, gastada y tosca, la observó buscando en sus facciones alguna familiaridad, algún rastro de Eloísa. Al no hallarlo hizo un gesto indiferente con su cabeza indicando una puerta abierta a la penumbra. -A media mañana, muerte natural -dijo, y miró hacia otro lado pautando el final de la información.

Luego de ahogar su estupor Diana se deslizó silenciosa hasta el umbral señalado y miró dentro. Quiso distinguir entre la luz mortecina la silueta de doliente de algún familiar, algún amigo entre las flores ausentes... y solo descubrió un gato pardo hecho un ovillo somnoliento sobre una antigua silla de madera.

Al costado de la puerta el libro abierto le dejó ver la ausencia de firmas. -¡Que sola está! -pensó, y estampó su autógrafo dispuesta a marcharse de inmediato. Mas al llevar su mano al bolsillo después de firmar se encontró con aquella nota que no le pertenecía.

Cuando se encaminó en dirección al féretro los ojos del gato se abrieron y su cuerpo se remeció en señal de alerta.

Diana permaneció unos minutos observando a la muerta. Vio sus manos blancas y arrugadas sobre su pecho, sencillas, sin anillos. Al principio se dijo que seguramente se los habían quitado otras manos más jóvenes y ávidas con repulsión, prisa y hasta sin ternura... Pero una mirada más atenta le dejó entender que la ausencia de marcas demostraba que no los usaba, que no había existido ni un marido ni un mediano pasar.

Recordó la esquela y tomándola de su bolsillo intentó colocarla bajo las manos frías de la anciana. Apenas pudo hacerlo pues la sorprendió el arrastrado sonido de las "efes" saliendo de entre los dientes amenazantes del gato de lomo arqueado. Estaba allí, a los yacentes pies de Eloisa, había llegado silencioso, agazapándose sin ser visto por detrás de las meditaciones de la muchacha.

Ella acusó la bofetada de la sorpresa dando un paso atrás, sintió el temblor de sus cabellos y todos los vellos de su cuerpo. Se mantuvo inmóvil mirándolo con aversión mientras se serenaba lentamente. Una vez repuesta bastó una pequeña amenaza de su paraguas girando en el aire para que el felino se replegara saltando hacia un rincón.

La joven vio que el ajado papel no se notaba bajo las níveas manos y estuvo segura de que en el mundo no existía mejor lugar para aquella confesión.

-Tenías la carne firme y la cartera llena de tiempo para gastar... Tenías un ramillete de rumbos entre los cuales optar... ¿Y este camino deshojado fue el elegido? ¿Comprendiste que lo amabas después de la noche? ¿O simplemente no llegó uno mejor? ¿Ni uno igual? ¿Ni siquiera uno peor? -le preguntó con silenciosos gritos. -¿Acaso es que hubo muchos y ninguno se quedó?

Pero esas respuestas eran historia antigua, historia difunta, caparazones de caracol millonarios de sonidos que van y vienen. Y sólo uno de esos sonidos nace de nuestro corazón y allí se queda a dormir para siempre, más nuestro que nosotros mismos, sólo que a veces tardamos demasiado en darnos cuenta.

Diana la miró por penúltima vez y allí, en ese silencio creyó encontrar "su" respuesta. Ya se iba. Sabía qué haría. Pensó en agradecerle a la anciana con una sonrisa y se volvió. El gato, nuevamente junto a ella, husmeaba con sus bigotes el rostro macilento del cadáver. Diana cerró los ojos y salió, deprisa, como si temiera llegar tarde a su nacimiento.

Se detuvo ante una tiendita cubierta de carteles que gritaban "Saldos y oportunidades". Casi lo vuelve a pensar. Pero no. Ya estaba resuelto. Miraba a uno y otro lado con ansiedad. "Saldos y oportunidades" "Saldos y oportunidades"

-¡El celular! ¿Dónde guardé el maldito celular? -le preguntó su angustia. Al hallarlo comprobó que la batería estaba agotada. Maldijo hasta que vio que bajo la luna recién asomada, como un oasis, como una isla radiante y solitaria, la esperaba una cabina telefónica. Discó apresurada y se calmó recién cuando oyó esa voz del otro extremo de la línea, esa voz conocida y fresca llena de abrigo y seguridad. Con alegría, encontrando refugio le dijo: ¡Hola! Soy yo. ¿Te digo donde estoy y venís a buscarme? ¡Regreso a casa! ¿Me estabas esperando?

-Bueno, voy -le contestaron con escaso entusiasmo.

Colgó el auricular y al salir vio nuevamente el luminoso: "Saldos y oportunidades".

Cuando él llegó Diana ya no estaba. Había decidido que podía pretender algo más que la mesa de saldos, y estaba segura de que el día siguiente sería hermoso y el sol brillaría pleno de oportunidades.


Del libro "Circunstancias Intimas" © 1992