20 de febrero de 2010

Horas previas



Diez años… ¿Era normal que se encendieran cada noche? Ella preparaba la ensalada a tres metros de él, que la observaba en silencio pasando su mirada desde los pies casi desnudos hacia arriba, lentamente, hasta el borde de su corta falda.

Sabía que de ir agazapado y abrazarla por detrás ella interrumpiría su faena, cerraría los ojos y quedaría atenta a sus manos serpenteando sobre su cuerpo suave y tibio. Siempre había ocurrido de ese modo, extraños destellos de electricidad estática palpitaban al primer contacto de sus pieles, cualquier palabra redundaría, la certeza estaría dada de inmediato.

Esta vez el hombre no lo hizo, se mantuvo sentado en su lugar de la mesa. De algún modo estaban envueltos en la situación particular que sacudía a la humanidad. En cambio dijo: –Nunca le presté demasiada atención, pero en verdad se extraña el sonido de fondo de la TV.

–¿Será como dicen en la calle, que las comunicaciones se afectaron por una tormenta electromagnética demasiado intensa del sol? La radio también, ese ruido que larga al encenderla parece un chisperío enojoso. Los celulares, muertos. ¿Volverán a funcionar? –preguntó ella mientras se acercaba con la fuente de lechuga y tomate.

–No lo sé, hay cosas reales que siempre han ocurrido tan terribles y difíciles de entender como el fin del mundo. Sin noticieros los rumores de la muchedumbre reflejan apenas la realidad de unas pocas cuadras.

–¿En qué quedamos, no decías que la inversión de los polos terrestres eran puras patrañas? –dejó pasar un segundo y con expresión de pena esbozó un comentario ajeno a lo dicho anteriormente –Creo que esta noche no podré hacerlo…

Él disimuló su inquietud, que no había surgido por el asunto ese del fin del mundo sino por no poder imaginar la forma de tenerla a su lado y resistir la tentación de poseerla. Ella continuó:

–Además, cuando te comenté que debíamos hacer revisar las cañerías de la cocina para detectar la humedad dijiste que sería estéril hacerlo ante el inminente fin del mundo.

Una vez que ella estuvo de pie a su lado él palpó sus pantorrillas y sus dedos comenzaron a rodar hacia arriba apenas rozando su piel, instantáneamente ella cerró los ojos. Mientras hacía esto él decía: –En aquél momento te vi tan preocupada por eso que decidí tomarlo a broma. Desde que me conozco cada tanto han surgido rumores apocalípticos y augurios demenciales

–Lo sé, pero antes era un eclipse, un cometa, el cambio de siglo o el colapso informático… Ahora todo viene envuelto en un paquete muy convincente y los avances propagandísticos no son comerciales de TV, han estado ocurriendo cosas en el mundo, ahora mismo ocurren: terremotos, inundaciones, tormentas de violencia nunca vista…

Con delicadeza ella retiró la mano de su esposo y se sentó a su lado.

–¡Es normal! –dijo él, restando importancia tanto a los dichos de la mujer como al retiro de su mano –Antes a la gente apenas se le podía explicar qué cosa era ese cometa que cruzaría los cielos, hoy el avance de las comunicaciones y la sofisticación tecnológica han hecho posible y necesario elaborar el miedo de la mejor manera. No eran los mismos efectos especiales los de la primera película King Kong que los de la última… ¡Y en la primera la gente salía horrorizada del cine! Creo que hoy bostezaría.

–Hablando de bostezos… Tengo la impresión de que no podré dormir esta noche –dijo ella aferrando la mano de su compañero –¿No vas a probar bocado?

A veces lo desconcertaba la facilidad conque ella manifestaba dos cosas de diferente índole casi al mismo tiempo. Nuevamente disimuló su inquietud, esta vez imaginando la mejor forma de pasar la noche sin dormir. Tenía imaginación, pero todo giraría en torno a una sola cosa. Contuvo su deseo de decirle que si el mundo sólo durase hasta el amanecer de nada les servirán los cuerpos, y por esa razón deberían agotarlos esa noche.

–Comeré como un león –dijo en cambio, y le acercó un tímido beso que ella recibió con una sonrisa.

–¿Tanto te preocupa realmente la posibilidad de que todo lo conocido desaparezca? –agregó, y continuó sin esperar respuesta: –A mí me preocupa que ayer el peor de mis alumnos considerara que el poema que leí tenía un título demasiado extenso.

–¿Estaba equivocado?

–¡Por supuesto, el poema era mío!

–¿Y si hubiese sido de otro escritor?

–Le habría respondido que jamás escuché una opinión con tal magnitud de ignorancia.

–Al fin entiendo que no creas en el fin del mundo, estás convencido de que gira en torno a vos.

–¿Te importa si anoto eso en mi libretita?

–¿Otra vez? ¡Cuándo seas famoso deberás compartir el crédito conmigo!

–¿Estás loca? ¿Y qué le digo a la otra?

Ella hizo un mohín fingiendo enojo: –¡Entonces esta noche deberías ir a dormir con ella!

–No siempre está disponible, lo sabés.

–¿Lo sé? ¿Quién es esa fulana?

–Mi malquerida musa, me sacude y pasa por encima de mí como si fuese un guijarro. Mucho no se deja tocar la casquivana…

–¡Que tonta! No hay peligro entonces de que me abandones por ella.

Con las meras frases acostumbradas ambos pretendían sostener la palpitación del ritual doméstico. Al borde de la angustia hablaban así, con naturalidad y sana ironía, quizás con el inopinado motivo de que la pasión hirviera la sangre de sus arterias como en un día cualquiera.

Afuera el mundo se partía al medio, una mitad se desesperaba, cargaban sus coches y partían buscando buen refugio hacia sitios desde donde otra gente venía por lo mismo. La otra mitad, como ellos, fingía que todo estaría bien una vez pasada la fecha fatídica, hacía cruces cada tres pasos y dejaba todo en manos del azar o del Señor.

Minutos más tarde ella lavaba la vajilla y él la secaba. Lo hacían en silencio, clamores de inquietud les llegaban desde la calle. La mujer sintió que el silencio no le hacía bien, desviaba su atención a la premisa que deseaba mantener lejos de su mente y traer la otra, la de la entrega, el arrebato, la fatiga. –Cuando nos acostemos pondremos música, algo como para recordar viejos tiempos.

–Me parece bien, Pink Floyd quizás… ¿Te parece?

–Y si volvemos al fin de la infancia: Beatles… ¿Quedamos? Quisiera volver a escuchar “Anochecer de un día agitado”.

–Quedamos –acordó él mientras comenzaba a liar un cigarrillo.

–¿Y eso? Al final estás más trastornado que yo… ¿Volviste a la adolescencia? ¿De dónde la sacaste?

–Hallé el envoltorio hace un mes en el piso del salón de clases. Algún alumno distraído la habrá echado en falta… ¿Y qué habría de hacer? No podía preguntar quien fue el que perdió sustancia prohibida y devolvérsela… ¿Fumarás?

–Un poco tal vez… ¡Hace tanto que no toco eso! Además temo que me haga efecto contrario. ¿Lo habrá perdido tu alumno del poema del nombre largo?

–No. Ese sin duda perderá exámenes, años de estudio, tiempo, mucho tiempo… Pero jamás perdería algo así, para esas cosas es muy lúcido. Tomá, te lo dejo por si acaso, yo fumaré luego de la ducha.

Ella terminaba de ordenar la cocina cuando él salió envuelto en una toalla. No tardó en descubrir el aroma de la hierba en el ambiente y tomando del cenicero el cigarrillo a medio fumar lo encendió de inmediato.

Mientras fumaba la vio colgar el delantal tratando de adivinar el estado de ánimo que su mujer llevaría al dormitorio, estaba dispuesto a controlar sus propias necesidades y amoldarse al ritmo del espíritu de ella pero… ¡Tanto la estaba necesitando siempre!

La clave que marcaba la ruta a seguir no se hizo esperar, ella se acercó y lo abrazó, acariciaron sus espaldas, suspiraron. Ambos sintieron que en instantes como ese el mundo y todos sus problemas desaparecían beatíficamente. Ella recordó que eso era bueno pues siempre al volver encontraban el mundo en su sitio. Él no tenía claro si el mundo desaparecía o se escondía dentro de ella.

–Llegó el turno de mi ducha –dijo la mujer al separarse y se volvió rumbo al baño. Tras un par de pasos dio medio giro y guiñando un ojo al sonreír exclamó: –¡Esperame despierto!

El hombre advirtió que su cuerpo comenzaba el apronte, la toalla manifestó claramente su júbilo:

–¿Qué otra cosa podría hacer –dijo –Aunque viniera la otra, esta noche no perdería tiempo con ella.

Inhaló una gruesa bocanada de humo y luego de apagar el cigarrillo caminó hacia el dormitorio. Sintió que el agobio que cargaba se diluía y deseó que lo mismo ocurriera con el de esa mujer frágil y fogosa. Ella en unos minutos llegaría a su lado, tan húmeda como anhelante y bien dispuesta. Dejando a un lado la toalla introduciría su cuerpo desnudo bajo las sábanas y le diría el “hola” más sensual del mundo. ¿Por qué habría de ser de otra forma? Todo estaba bien.




Félix Acosta Fitipaldi © 2010
Del ciclo "Relatos del fin del mundo"
http://participacion.elpais.com.uy/dosmildoce

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