15 de marzo de 2009

Así en la guerra como en el duelo


Durazo era un tipo fuerte, fuerte de veras. Su piel curtida por el monte parecía a prueba de balas y su alma, sino oscura, bastante fría. Al igual que ustedes, jamás supe si ese era su nombre verdadero; para mí siempre fue “Durazo”, y no se me hubiera ocurrido otra forma de llamarlo.

Aquél atardecer, cuando se lo dijeron, no movió un pelo. Ningún gesto asomó en su cara de piedra y ahí se quedó, estático, como solía hacerlo ante alguna disyuntiva.

Yo estaba recostado a un árbol, con el codo del brazo que sostenía mi mentón apoyado en el rifle. No había oído la conversación que mantuvo con el enviado, y sólo aguardaba que el teniente dispusiera el fin de la jornada. Él se volvió hacia los hombres y ordenó que volvieran al campamento.

Me disponía a hacerlo, satisfecho al suponer que la noticia recién llegada no significaba un nuevo enfrentamiento, pero desde la distancia Durazo me señaló un alto con la mano abierta. El cansancio que traía en el morral se tornó curiosidad y me pregunté qué carajos ocurría, qué problema había conmigo.

Mientras el resto de la patrulla se alejaba él se vino acercando, su paso dejaba un rastro de pachorra y sus ojos miraban sin ver. Sin hablarme siquiera se sentó contra mi árbol.

Así estuvo, tal vez no el tiempo suficiente como para que llegara a impacientarme... hasta que se dijo, pensando en voz alta: –No todo es como la revolución, semejante al horizonte y que nunca llega porque siempre la estás haciendo. Hay cosas como la noche, que nunca dejan de llegar. Durante toda la vida te preparás para esas certezas... y jamás estás listo.

Tenía las manos unidas y planas sobre su vientre y observaba el atardecer, o la vegetación, o lo que esperaba sucediese. –Felipe –dijo luego, y elevó su cara inalterable hacia mí. –Iremos juntos hasta el llano, es peligroso, pero hay que ir o ir. Si volvemos vivos no olvides preguntarme sobre las tres razones que me han llevado a elegirte.

–¡Buenas serán! –contesté. Pero si vuelvo solo... ¿A quién se las pregunto?.

–Entonces tendrás el resto de la vida para descubrirlas –dijo poniéndose de pie.

Pronto estuvimos sobre la marcha, otra noche comiendo al paso y con sigilo extremo entre matas y culebras. Saben de qué hablo, es nuestra vida, no la que quisimos ni la que alguna vez anhelamos... la que en pelos y hambrienta se dio a obligarnos.

Descendimos durante tres horas, luego comenzamos a percibir ladridos raleados de perros atentos y los escasos rumores del caserío. Ya próximos a él Durazo se detuvo. Con suma prudencia balbuceó a mi oído: –Puede ser una trampa, así lo quisiera pues menos dolería... Mucho cuidado y mantente a distancia.

Comencé a seguir su sombra lunera que se iba pegando a cada muro como una lapa y así anduvimos varias casas, de portal en portal.

Se detuvo en una esquina y veía hacia una vivienda cercana. Era la única con la puerta abierta y una luz mortecina se derramaba hacia fuera con desgano.

–Iré primero –susurró –si no ocurre nada y se te canta podés entrar, de lo contrario aquí me esperas. De haber balacera que te trague el monte... y gracias por venir.

Me quedé viendo a Durazo deslizarse hacia la tenue luz que escapaba de la casa y sumergirse en ella. Aguardé unos minutos con la intención de no moverme de ese lugar, pero la curiosidad se adueñó de mis piernas y ellas me llevaron.

La vivienda estaba en silencio y evitar que mis botas delataran mi presencia me hacía avanzar muy despacio. Ignoraba los propósitos del teniente y por nada del mundo quería importunarlos.

Al ver hacia adentro mis ojos se toparon con la silueta de Durazo, a unos cinco metros. Tenía las manos unidas en la espalda y la cabeza baja. Por un instante creí que había sido hecho prisionero, luego avisté el ataúd.

Ya ingresado divisé contra un rincón a una vieja sentada en un sueño. En eso el teniente volvió su habitual rostro impenetrable, como si me hubiese intuido y sin el menor asombro de verme. Me mantuve inmóvil hasta que él se acercó y pasando a mi lado dijo nada más: –Ya vuelvo.

Mientras esperaba deambulé por la habitación y me acerqué al cajón de madera mal cepillado. En él yacía una anciana de rostro curtido por el sol y el polvo, menuda, frágil. Me preguntaba quien sería y cuantos corazones habría roto; también me pregunté por qué inquirir cuestiones vanas. Uno por respeto a sí mismo no debería hacerse preguntas que a otro no haría. ¡No, no se rían, es así!

En eso estuve hasta que reapareció Durazo. Venía algo agitado y miró la hora; luego depositó la flor que había ido a buscar quién sabe donde entre el ramito fláccido que eran las manos de la difunta. En ese momento lo observé y descubrí que por aquella cara de piedra resbalaba una lágrima que era una bala borracha.

–Hubiera preferido que fuese nuestra la tierra que ha de cubrirla. –Dijo. Demoré un momento en comprender que no era a mí a quien hablaba. –Pero le prometo que si yo no se la consigo lo hará mi hijo.

Mucho no pude reparar en eso pues oímos el sonido de un vehículo aproximándose. Durazo me hizo señas de que lo siguiera y pasó a una habitación oscura. Afuera, un motor se apagaba y se encendían algunas voces.

Nos mantuvimos agazapados, sin poder vernos, apenas podíamos apreciar parte de la habitación mal iluminada. La vieja que dormía había despertado y parecía inquieta, se santiguaba de continuo.

–Es un velatorio –dijo la voz de alguien que ingresaba. El hombre llegó hasta el ataúd, vestía uniforme y casi le disparo por reflejo. Por el bullicio exterior saqué la cuenta de que serian cerca de diez y me pregunté qué pasaría si el intruso llegaba a manifestar algún desaire a la finada. Yo no habría dudado en disparar, aunque lleváramos las de perder.

Pero el pendejo se persignó y salió diciendo: –¡Vamos! En este pueblo miserable no hay ni quien llore a los muertos.

Durazo me tomó de la manga cuando ya me disponía a ir por mi destino. –¡Calma! –dijo, y agregó de inmediato con un susurro mordido, amargo: –Después te lo explico. –A veces parecía que hablaba sin mover los labios y entonces sabías porqué lo obedecías.

Dejamos pasar el tiempo, el necesario hasta asegurarnos que se habían marchado. Luego el teniente ordenó: –¡Vamos! –Y nos fuimos. Él salió delante de mí sin volver los ojos a la difunta.

Anduvimos sin tregua los tres: Durazo, yo, y el silencio. Amanecía cuando llegamos al lugar de donde partimos, aun faltaba otro tirón hasta el campamento.

–Descansemos un momento junto a ese árbol –dijo. No parecía cansado pero debía estarlo; yo sí lo estaba y era más joven.

–¿Ahora me lo va a decir? –pregunté. Él comenzaba a armar un cigarrillo.

–¿Qué cosa? –preguntó a su vez.

–Tres buenas razones para ser yo el elegido y no otro.

–¡Ah! Pensé que lo habías olvidado. Entonces hazte fuerte... Sos huérfano, la escena de esa muerte en cualquiera de los otros despertaría recuerdos o temores. No tienes a nadie, si no volvías el dolor no sería ni contagioso ni para compartir. Y la tercera que no temés morir. Suponía que debías tener algo de tonto o mucho de vacío hasta que logré interpretarte. Se trata de vacío, por eso fuiste conmigo. Podría haber ido solo, pero hasta hoy jamás había sentido tanta soledad, jamás lo definitivo me había perturbado tanto.

El sol, aun débil, no conseguía disolver la bruma que escapaba de la vegetación. Durazo encendió su cigarrillo y luego agregó: –Pero hoy noté algo que no sabía, cuando debí detenerte para que no hicieras del adiós a mi madre un baño de sangre. También medité qué haría si alguno de esos la insultaba. ¿Y sabes qué? Yo no moriría inútilmente, me habría mordido el corazón. Porque la forma de vengarla es ir por la victoria, no en vano mantengo mi vida encerrada entre estos cerros...

He recordado muchas veces esa noche ocurrida hace al menos un año, y a nadie la había relatado. La menciono hoy pues ayer mataron a Durazo y ustedes están algo desmoralizados. No he nacido para asistir al entierro de las ilusiones de los hombres que admiro, y en algún momento hay que darle a la vida contenido. Eso me impone la obligación de cumplir la promesa del teniente. Por que él, hijo no ha tenido, y allí estaba yo aquella noche, sin nadie.

Lo haré aunque sea solo. Lo haré aunque vuelvan las lluvias y estemos perdiendo... De lo contrario, para una madre una lágrima es poco.



Félix Acosta Fitipaldi – © 2000 – “Circunstancias Intimas”

http://jolibud.bubok.com

1 comentario:

  1. Sabés que, no se por que motivo, tus cosas me identifican -conmueven-llegan . A VECES SIENTO QUE ESO MISMO ES LO QUE SIENTO.
    HASTA TUS RELATOS, ME ATRAEN DE ESA FORMA.
    TE MANDO UN ABRAZOTE Y UN BESOTE GIGANTE
    LLENO DE CARIÑO.

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