5 de marzo de 2009

Cartas desde Shanghai

Esa niña se llama Nina Font y camina con altanería pues algo le dice que conquistará al mundo. Será luego que vuelva su padre y ella le cuente sus sueños y le pida consejos. Por ahora cada cinco pasos puede elegir ser alguien distinto; al fin y al cabo su madre –y no sólo ella, también su maestra– le han comentado que tiene un futuro auspicioso. Cada vez que lo recuerda Nina se promete buscar el significado de “auspicioso” en el diccionario.
Ahora es azafata y va rumbo al aeropuerto. Está algo preocupada pues el clima no es demasiado bueno en Shanghai y ella desea que allí siempre haya sol. Además de azafata también pertenece al Servicio Secreto y la han acreditado para una importante misión en aquella ciudad. Ella espera encontrar en ese lugar la ayuda desinteresada de un hombre que vive allí desde hace algunos años, al menos casi tantos como los que ella tiene: su padre.
Siempre que regresa de la escuela Nina es alguien distinto. Ayer fue modelo y la gente la adoraba mientras transitaba por la pasarela un pie delante del otro. Por la tarde fue una renombrada modista y sus diseños se vendieron en todo el mundo como pan caliente, aun en Shanghai y otras ciudades más de las que bajan por la redondez del mundo.
Debajo de la túnica escolar llevaba el más hermoso de los vestidos. Su madre se lo había mostrado con una sonrisa de oreja a oreja: –Mira lo que ha enviado tu padre desde Shanghai –había dicho, y de inmediato comenzó a desvestirla para probárselo. Se sintió casi tan contenta como cuando leyó la carta que él le envió para el día de su cumpleaños.
Además de buscar “auspicioso” en el diccionario hay algo que Nina hace tiempo piensa hacer: interrogar a su madre sobre la fecha de regreso de su padre. Ya le preguntó por qué estaba tan lejos; así se enteró que era una persona muy importante a la que razones de trabajo le imponían estar distante de su tan amada familia.
Su madre se ponía muy especial cuando decía "amaba", sus ojos se notaban dulces y parecían sonreír, aunque en el fondo ella les notaba el dejo triste y le decía que ponía cara de helado: dulce y fría. Nina estaba segura que se debía al recuerdo de su lejano esposo y así sería ella cuando fuera doctora, o directora de un hospital de Shanghai, pues ha de ser muy bella esa ciudad...
–¿Mamá, que idioma hablan en Shanghai? –había preguntado, y su madre pareció dudar: –¡El mismo que nosotros! –dijo luego y se fue, se había hecho la noche y debió salir a trabajar. Su madre era la más bonita y eficiente doctora del Sanatorio Local; si las doctoras de turno el día que atendieron a Nina de su dolor de garganta no la reconocieron fue debido a que ella trabaja en el turno nocturno. Además su madre había nombrado el medicamento que le recetaron y estuvo muy de acuerdo con sus colegas.
Nina pudo verse en muchas actividades disímiles con el paso del tiempo. Mientras abandonaba la niñez sus sueños dejaron de dirigirse a Shanghai. En realidad ahora le fastidiaba ese lugar: allí había alguien que en catorce años no había venido a verla. En algo sí la consolaba que le contestaba todas sus cartas... bueno, las dos que echó ella personalmente al buzón no, pero su madre dudó que Nina hubiera puesto las estampillas adecuadas para que lleguen a destino y ¿por qué no se las dio a ella, acaso tenía algo que esconderle?
Su madre está más triste ahora y cuando dice "amaba" sus ojos ya no son tiernos, no son ni siquiera de helado. Se la nota fastidiada cuando ella dice algo sobre su padre. A lo mejor es algo relacionado con esa conversación que ella oyó, entre su madre y la doctora compañera suya que un día vino a buscarla más temprano para una operación de urgencia.
–No sé que haré cuando ya no pueda ir al Shanghai! –había dicho su madre, y la otra la tomó de un brazo: –¡Entonces se verá, ahora vamos! –y salieron como disgustadas. Nina pensó que su madre siempre había querido ir a Shanghai a ver a su padre y temía que la vida se le fuera antes. ¿Por qué? Ella era doctora, de seguro sabía lo mal que se encontraba... Lloró esa noche y se durmió más tarde y más sola que su madre.
Un atardecer Nina decidió que iría al sanatorio. Le daría a su mamá la sorpresa de una visita. De seguro sus compañeras la dejarían entrar apenas dijera de quien era hija. Comenzó a vestirse como lo haría una princesa pues ella casi lo era y... ¿Saldría sola por la noche una princesa?
Así que sucedió algunos días después, cuando tomó fuerza la idea. El plan era seguir a su madre pues tenía entendido que ella caminaba hasta el sanatorio: –¿Recuerdas cuando te llevé? Caminé contigo en brazos... –pero cuando le decía: –Dime cómo ir, a ver si recuerdo... –ella cambiaba de conversación, cosa sencilla pues bastaba que se decidiera a comentarle algún recuerdo sobre su padre.
“Nos conocimos una noche, apareció de entre las sombras con un traje café y la mirada trasparente, de bruma, de misterio... La primera vez que lo vi en una plaza al atardecer. Era verano y tenía una camisa ajustada que dejaba en evidencia su fortaleza... Él me habló una tarde en la calle, jamás lo había visto pero su voz tenía la experiencia de un sabio y su mirada la inocencia de un niño... Por eso me enamoré cuando él ni siquiera me conocía, de verlo ayudar a su madre y sacar adelante aquel hogar luego de que el padre los abandonara... Fue en un banco, él había ido a depositar parte de su mísera fortuna y yo, que aun no era doctora trabajaba de cajera... Nos fuimos a vivir juntos a un pueblito del mediterráneo...”
Nina salió entonces un atardecer tras su madre escondiéndose detrás de cada árbol. Le extrañó que tomara el rumbo hacia el puerto, la parte de la ciudad que su madre siempre decía ser la peor y que jamás debía ir hacia allí. Como no conocía demasiado la ciudad Nina llevaba una libreta donde para no perderse anotaba: derecha uno, izquierda seis...
Cuando vio que su madre entraba en un local se detuvo. Derecha tres, anotó. Caminó los pasos que le faltaban y en el mismo momento que se detiene ante la puerta se encendieron las marquesinas, una música suave surgió desde adentro y Nina corrió a esconderse.
De seguro su madre había ido allí por algo, quizás a atender algún enfermo, y luego volvería al sanatorio... Esperó un rato, agazapada tras un buzón y desde allí vio el nombre: Club “Shanghai" – Mujeres y show.
Una hora más tarde Nina decidió dejar de esperar. Izquierda seis, derecha uno, lágrimas diez. Tampoco pudo dormir esa noche. Pero se decía que esa niña es Nina, camina de ese modo pues su padre es alguien muy importante, es la mano derecha de un príncipe que cuando sea mayor enviará a buscarla para desposarse con ella. Y su madre no tendrá atuendo de doctora pero tampoco tendrá pintada la cara y ellos se mirarán perdonándose y Nina también.
Finalmente los sueños muertos germinan sueños nuevos. Nina se observa en el espejo, se ajusta los jeans y se ha puesto carmín. Para cuando llegue el momento de conquistar su príncipe ha de estar preparada. Se entrena muy bien con cuanto don Juan mozalbete le mira el andar y pone en practica sus estrategias.
El día libre de su madre le mostró el sobre que había preparado. Estaba seria y chispeante de nervios: –Carta de Shanghai –le dijo –Su voz cargaba la congoja de un arcón apolillado y su pesadumbre sirvió a sus propósitos: –Nos comunican que papá ha muerto.
Los ojos de su madre parecieron agrandarse y luego de estar más amplios que nunca se cerraron con fuerza apretando una lágrima. –Mi mujercita... –musitó. Luego le dio un abrazo fuerte, nuevo, de adultos. Nina mantuvo silencio un instante y luego dijo: –Me gustaría que fuésemos algún día.
–¿Adonde? –dijo su madre, mientras deslizaba tres dedos sobre su mejilla húmeda.
–¡A Shanghai! El verdadero... ¿Dónde más?
Una brisa fresca palpitó en las cortinas y cuando el ruido de la calle volvió a estar presente ambas rieron y volvieron a enlazarse.

1 comentario:

  1. Hermoso cuento, donde la imaginación y la relidad hacen posible la Vida.
    un abrazo
    María Rosa

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