31 de diciembre de 2008

Segundo violín



Salí de trabajar urgido por la ansiedad: iba a verla. Tal cosa significaba un cúmulo de seguridades: que estaba esperándome, que haríamos el amor y acaso cenaríamos antes de volver a hacerlo. Significaba que tenía ante mí horas hermosas, sonrisas, afecto, comprensión, charla...

Cuando llegué estaba bajo la ducha, vislumbré su silueta difusa tras el cristal empañado y me hubiera metido con ella, pero me contuvo la idea de hacerlo todo muuuy despacio para que durara hasta el hartazgo.

Al rato salió secándose el pelo con una toalla con la naturalidad habitual de su cuerpo desnudo y algo más, una actitud especial, algo desafiante pero prometedora:

-Dale, te toca -dijo, y comenzó a entonar una canción en inglés.

Sin dudas, ese día estaba diferente, algo la hacía más hermosa que de costumbre, más deseable, apetitosa... pero lo que más me seducía era el aire de misterio que la envolvía.

Antes de entrar al baño me volví a ver su andar hacia el cuarto y como intuyendo mi perenne curiosidad se detuvo, sin darse la vuelta se dobló en dos para observarme a través de sus piernas abiertas. Allí estaba su flor ofreciéndose y sus ojos llamándome a la pelea.

Estuve a punto de correr a su lado de inmediato, pero había sido una mañana tensa y debía quitarme la sal de las preocupaciones, librarme del mundo por completo antes de fundirme con su piel.

Lejos de mis ideas y tolerando el peso de las propias ella me sopló un beso y siguió su rumbo retomando la melodía anterior. La observé hasta que tras su pelo rubio su trasero y su pie también desaparecieron. Sus pies... hasta de ellos añoran su tacto mis dedos.

Pensé en ambas cosas mientras me duchaba, en la melodía y en ese algo extraño de su actitud. No recordaba haber escuchado la tonada y si lo había hecho me había pasado desapercibida. Tal vez no fuese un hit de mis mejores tiempos pero sí de los de ella, de un lustro más tarde, tal vez algo más.

Su talante era variable, sus días normales, pacíficos, de poca prisa y entrega y toma apasionada, sus días tristes con mi comprensión al máximo nivel, mis oídos atentos, mis opiniones objetivas y su entrega y toma apasionada, sus días felices con proyectos que sabía de antemano no se podrían cumplir, mis excusas tímidas y propuestas de alternativas que tampoco se podrían cumplir y su entrega y toma apasionada... y los días como ese, donde su felicidad y dinamismo fuera de contexto de igual modo podían presagiar momentos maravillosos de su entrega y toma apasionada o preludios existenciales angustiosos previos a su entrega y toma apasionada.

Sí, he sido insistente... Es que acaso he notado en otras mujeres grados de interés cambiantes en cuanto a la relación íntima que se plantea; pero todos y cada uno de nuestros encuentros fueron apasionados, porque ese era su modo de vivir y yo me esforzaba en existir a su manera. Era la forma, además, en la cual se podía manifestar algo como lo nuestro.

Mi prisa bajo la ducha ha de plantear dudas en cuanto a lo que un buen aseo representa, pero había zonas prioritarias, las cuales era imprescindible dejar en óptimas condiciones. Así sentía en mi mano cómo el deseo se acumulaba, rodeado de agua jabonosa y pensamientos que se atropellaban anticipando los minutos venideros.

Un secado rápido mientras camino hacia el cuarto para descubrirla de espaldas sobre la cama, abandonada, aguardando mis caricias; siempre me ha confortado creer que con la misma ansiedad. Apenas la toco gime y su piel se agita, es un campo de trigo danzando a la brisa. Veo su perfil de ojos cerrados al ensueño y su nariz que aspira profundo.

Abre los ojos: -Hooola mi amor –dice canturreando su sonrisa. Ahora cierro los míos para recordar, revivir, añorar, llorar, lo que entonces seguía por largo, largo rato.

Luego nos quedamos juntos, pegados, transpirados y exhaustos pero espléndidos, renacidos, indemnes. Cuando las respiraciones se hicieron normales nos miramos a los ojos y nos dimos pequeños besos de ternura. Después llevó su vista al techo y la dejó allí, colgada de un puente que yo aun no sabía a dónde la llevaba. Hasta que nuevamente comenzó a musitar aquella melodía.

Alguna vez la había felicitado por lo bien que entonaba, su voz era agradable y clara y me gustaba escucharla cantar, cosa que nunca me ha ocurrido con otras personas, incluyéndome. Mantuve silencio mientras mi mano llevaba la cadencia del ritmo en torno a su seno vuelto a erizar... -But the time is moving on, and the magic is all gone, and I don't wanna be, your second violín.

-Me gusta ese tema –dije –Creo que nunca lo escuché antes. ¿De quien es?

-Bagatelle...

-¿Así se llama?

-No, se llama “Your second violin”.

-¡Ah! –dije, ya desinteresándome del tema.

-¿Sabés qué dice la letra?

No soy bueno para el inglés, podía comprender el título de la canción pero nada más. Entonces ella, mostrando aquello que traía ese día, ese dejo especial que percibí al llegar, el trayecto de ese puente donde su naturaleza jugaba una batalla entre su deseo y un adiós, me lo dijo.

Al fluir de sus palabras vi claramente la figura oculta en nuestros primeros momentos juntos ese día, ese rastro lanzado a mi intuición que no era apetito, ni lujuria, sino rebeldía; no era displicencia, ni tristeza, ni dolor: sino rebeldía. Una rebeldía que pautaba una derrota, un dejar sueños por el camino, los que yo no he contemplado ni osado levantar.

Cuando terminó de traducir la parte de la canción que recordaba sentí frío, el texto planteaba una clara ruptura de alguien que ya no quería seguir siendo segundo violín. No supe qué decir, no esperaba algo así.

-¿Entendés? Así me siento –dijo.

-¿Me estás diciendo que no querés verme más?

-No, eso es lo que dice la canción... y lo que yo debería y quisiera hacer. Pero no puedo.

Desde el cielo de sus ojos me gritaba lo que sólo los ojos no pueden mentir, y me dolió ese amor inmerecido que estaba recibiendo. La apreté fuerte y quizás lloramos los dos, no lo sé, cada vez evoco los detalles con mayor dificultad, y los advierto más difusos.

Hoy hace bastante tiempo de eso. Muchas cosas nos han ocurrido a uno y otro, algunas juntos, otras ya distanciados. Y eso es todo, ya no habrá nuevos recuerdos. En mi memoria han comenzado a borrarse aquellas imágenes que valoro tanto, y por más que intento aferrarlas se me van...

Cada vez que escucho aquella canción vuelo a aquél momento, oigo su voz dulce cantándome su tristeza sin pedir, sin rogar, tan sólo dando cuenta de su existencia con humildad.

Y mi alma se retuerce preguntando: ¿Qué hubiera pasado si...

Hoy... sé que su música es la única que quisiera escuchar para siempre, que todo dejaría por volver a ese lapso de nuestras existencias para quitarnos esa canción de encima, de hacer que pierda sentido en nuestra relación, que todos nuestros días serán especiales y sepa que lo único que necesita mi orquesta es su violín.
Pero ya no es posible, no está en nuestras manos, es de aquellas cosas que los humanos no pueden dejar de aceptar.



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